Envueltos entre los papeles repartidos por aquella habitación, tus sentimientos y tú acudían a una cita. Te sentabas frente a la máquina de escribir y agitabas la copa llena de ginebra, mientras mirabas a los ojos de la impotencia. Tu rostro era una viva partitura repleta de silencios que suplicaban que se marchara de allí de inmediato, dejándote sola entre esas cuatro paredes.
Lo curioso del asunto es que, en tu imaginación, siempre solías tener escenas como esa, cuyo protagonista era un muchacho desgarbado, de aspecto bohemio y con un apenas visible bigote. Y de pronto, en ese justo instante, el papel principal de la obra te lo habían otorgado a ti, una chica que no había vivido lo suficiente como para conocer siquiera el verdadero significado de la palabra vida, y que sin embargo creía llevar sobre sus hombros todo el peso del mundo, cuando su carga sólo llegaba a alcanzar unos cuantos gramos.
Porque tu carga apenas no existía, pero a su vez era lo más real que podías sentir. Porque aquel peso en realidad estaba lleno de palabras que no sonaban o palabras que se quedaban por decir. Cuando al resto de las personas solían dolerle las frases más agresivas o duras que pudieran formular, a ti, por el contrario, te amargaban aquellas cosas que no llegaban a salir de la boca de la gente.
El sonido cada vez menos intenso de algunas palabras, la idea de que muchas otras nunca hubieran llegado a rondar por tus oídos, era lo que deambulaba por tu mente, chocando, buscando en cada recoveco un nuevo rincón donde herir, provocando tu miedo.
martes, 1 de junio de 2010
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