domingo, 18 de julio de 2010

That's the way.

-Venga, empieza. No tengo todo el día.
Lo veía moverse por toda la habitación, su mirada rebotaba en todos los muebles. Se retorcía las manos, estaba nervioso. Y yo tenía el triple de nerviosismo que él; lástima que casi ni se me notara, pues me ocultaba bajo una máscara de dureza.
-Empieza- le repetí. Escupe, suelta todo eso que tienes que decirme.

Puso fin a su paseo y tomo asiento en la butaca de piel marrón de la esquina, justo como yo había imaginado. A continuación, probablemente, se echaría el pelo hacia atrás; luego sacaría uno de los cigarrillos que siempre llevaba en la cajetilla del bolsillo izquierdo de su chaqueta verde y lo prendería con su fiel encendedor, que siempre le acompañaba en el bolsillo del pantalón. Quizá luego daría 3 o 4 caladas, expulsaría todo el humo y, finalmente, comenzaría a hablar.

Efectivamente, arrastró su brazo hacia el bolsillo de la chaqueta, pero, cuando estaba a punto de sacar la cajetilla, se detuvo repentinamente.

-Bien, pues allá vamos.-comenzó. Aquello suponía un brusco cambio en todo lo que yo había imaginado que sucedería, lo que siempre pasaba. Lo que yo había observado tantas veces y en torno a lo cual había trazado mi plan. Ese giro de los hechos me hizo tambalearme.

-Oye, no- la voz me temblaba. Carraspeé. -¿Sabes? Lo he pensado mejor, no hace falta que digas nada. Perdona por haberte hecho venir, pero, oye, míralo por el lado bueno, te quito un peso de encima. Ya no tendrás que sentirte obligado a vomitar todas esas palabras que habrás pensado mientras estabas de camino. Pero... ¿he dicho perdona? ¡Que demonios! Yo no tengo por qué pedirte perdón, no te he llamado, no te pedí que vinieras. Lo has hecho tú, ¡tú solito! ¿Crees que de buenas a primeras puedes aparecer por aquí, sin más? ¿Crees que puedes tratar de recomponer lo que desde tiempo atrás está roto? No, no puedes. ¡Ni siquiera sé cómo has tenido la desfachatez de presentarte aquí!-empezaba a gritarle-¿quién te crees que eres tú para hacer esto?
Has llegado así, sin avisar. Mírame, ¡mírame!, estoy horrible, si hubiera sabido que venías al menos me habría esmerado un poco en recogerme el pelo, con un poco de suerte hasta quizá me habría puesto carmín en los labios. Pero no... no. El señorito se cree lo suficientemente importante como para entrar y salir de aquí siempre que lo desee, ¿no es eso cierto? ¡Pues no es así, así no funcionan las cosas!
Esta no es tu casa, ni siquiera es la mía. Pero tengo más derecho en ella del que tienes tú, maldito...

En ese momento empecé a soltar millones de palabras, algunas de ellas sin sentido alguno, y otras de esas que no se pueden decir en horario infantil. Las lágrimas comenzaron a brotar en mis ojos, pero no las dejé caer. Por mi madre que aquellas no iban a salir de mis párpados. Cuando por fin me calmé, continué con mi discurso.

-Mira, lárgate de aquí. Es lo mejor que podrías hacer en este momento. No te necesito, no necesito nada que tenga que ver contigo. Eh, mírame, estoy despeinada pero estoy perfecta. Vivo en un país nuevo, un lugar precioso, tengo empleo y estoy haciendo amigos. Lo paso bien aquí. Ni siquiera he pensado en ti en los últimos meses.-Mentira- Dentro de poco uno de esos amigos probablemente se convierta en algo más, viviremos un tiempo loco y por fin sentaremos cabeza y quizá formemos una familia, quién sabe.Todo me va bien, tú ya no formas parte de esto. Si no te importa, tengo mucho que hacer, así que recoge tus cosas y márchate. Yo estaré en la cocina, no hace falta que te despidas. Cuando lo tengas todo, ya sabes dónde está la puerta.

Y tal como le dije, fui a la cocina, y empecé a cortar una zanahoria hasta que oí la puerta cerrándose. Entonces me puse a mirar por la ventana aquella nueva ciudad que me había acogido. Todo lo que le había dicho era cierto; tenía amigos, empleo, lo pasaba bien. Sin embargo las cosas no serían tan fáciles como yo las pintaba.

Al día siguiente me levanté temprano, y pasé la mañana en el aeropuerto. Su avión salía en unas pocas horas. Ni siquiera quería encontrármelo, sólo asegurarme de que se marchaba.
Tiempo después oí el aviso para los pasajeros de su vuelo. Lo vi en la interminable cola de personas que se iba formando. Justo cuando le entregó el pasaje a una de esas altas, delgadas y guapísimas azafatas que hay en los aeropuertos, se giró.
Me conocía lo suficiente como para saber que yo iba a estar allí. Nos miramos durante un segundo, no me sonrió ni tampoco yo le sonreí. Sólo nos limitamos a mirarnos. Después continuó caminando hasta que lo perdí de vista.

Me quedé un rato más, no sé exactamente cuanto, mirando aquel pasillo. Mentiría si dijera que no me moría de ganas por saltarme todas las medidas de seguridad, llegar hasta ese avión, y rogarle que se quedara. Pero no lo haría. No lo haría porque yo no era de ese tipo de personas, porque tenía la fuerza suficiente para dejarle ir y porque así me ahorraría unas horas de charla con la gente de seguridad del aeropuerto. Así que me marché de aquel lugar, y me puse a recorrer las calles. Se había ido, y esta vez no iba a volver.