Lento y desesperante. Cada segundo se convertía en una eternidad. Con los ojos hundidos observaba el movimiento casi imperceptible de las manecillas del reloj, y así contaban ya más de tres horas. ¿Qué demonios estaba pasando allí dentro? Su mirada se movía rápidamente del reloj a la puerta; del reloj a la puerta, del reloj a la puerta...
No aguantaba más, no podía soportarlo, era horrible.
Enterró la cara entre sus manos y se frotó los ojos, esperando, rezando.
Notó el roce de la cicatriz de su mejilla derecha; no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Se acordó de la casa del tío Sam y de la voz de tía Susan gritando "¡No vayas por ahí, Tom! El huerto está cerrado, los árboles no dan frutos en invierno" Y, efectivamente, el huerto estaba cerrado. Pero no contento con ello se dispuso a saltar el muro y a encontrarse de frente con la alambrada. Diecisiete puntos y un miedo horrible al huerto.
Su viaje por la infancia fue interrumpido por el chirrido de la puerta. Allí estaba, por fin. Con tantos o más cables enganchados como tenía antes de entrar a quirófano. Y tan hermosa como siempre. Y, claro, tan vulnerable y débil... como siempre.
La espera había merecido la pena, aunque la recompensa no fuera más que unos pocos segundos. Ni siquiera fue capaz de decirle adiós. Una caricia como única despedida, y con la sonrisa más triste y desgarradora que jamás había pasado por ese hospital, vio como sus párpados se cerraban por última vez. Un suspiro final.
Con la chaqueta al hombro abandonó la sala de espera.
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