jueves, 20 de mayo de 2010

Esquivando baldosas

Querida amiga mía, quién lo iba a decir. La memoria me traiciona, no consigo recordar si era Julio o Agosto, pero allí estábamos nosotras.
Conservo la emoción de tus ojos, tus labios temblorosos mientras hablabas. Estabas completamente indecisa, ¡no sabías siquiera qué ropa ponerte!
Te probabas pantalones, vestidos y faldas. Cuando parecía que al fin te habías decidido, cambiabas una y otra vez de camiseta.
Llegabas a ponerme un poco nerviosa, me apurabas, pensaba que luego no me daría tiempo a prepararme. Me aburría de estar esperando allí a que eligieras un nuevo conjunto, pero lo cierto es que verte así, nerviosa e inquieta, tenía su toque de gracia.

¡Por fin lo lograste! Cuando te vi salir, te confesé, sinceramente, que estabas guapísima. Te decidiste por una blusa blanca que llevabas metida por dentro de una falda azul de talle alto, con vuelo. Llevabas esas sandalias de flores que tanto te gustaban, que tenías desgastadas de tanto ponerte, porque eran los únicos zapatos abiertos con los que te sentías cómoda.
Resultaba bastante raro verte así, sin tus pantalones, tus tenis y tu sudadera habituales. Pero, eso sí, tu inseparable bolso marrón permanecía contigo, como siempre.

Abandonábamos la ciudad en coche. Mi tía y mi madre iban en los asientos delanteros, charlando, algo habitual. Tú, también como de costumbre, ibas callada a mi lado. Yo intervenía en la conversación que ellas mantenían, y tú dejabas caer de vez en cuando una pequeña frase.

En ocasiones miraba hacia ti, pero no veía tu cara. Tenías la vista dirigida a la ventanilla.
Las líneas de la carretera pasaban rápidas, y probablemente estabas intentando contarlas, como solías hacer.
Podía ver que tenías las manos sudorosas. Las retorcías y estirabas, fruto de tu nerviosismo, y luego las dejabas reposar sobre tus piernas durante un rato. Casi podía oír todas las palabras que revoloteaban por tu mente; tus pensamientos irían a tal velocidad que, con total seguridad, se estaban convirtiendo en frases sin sentido que colapsaban tu cerebro.

Por fin llegamos, nos despedimos de mamá y de la tía, y caminamos por un rato. Recuerdo que el viento levantaba un poco tu falda; soltabas millones de tacos y ambas nos reíamos. Cada vez estabas más nerviosa, lo notaba perfectamente, tu carcajada se quebraba de vez en cuando.
Compramos algunos refrescos, porque, como suele pasar en casi todo el verano aquí, nos encontrábamos en un día realmente caluroso. Estabas alarmada por si empezabas a sudar y eso afectaba a tu pelo o al maquillaje, realmente alarmada.

Un rato después, finalmente, tuve que dejarte sola. Quedamos para vernos más tarde y me despedí de ti, deseándote, silenciosamente, toda la suerte del mundo.

Ahora puedo imaginarte allí sentada, en una espera de escasos minutos que, sin embargo, debieron ser interminables para ti. Te conozco tan bien que automáticamente esbozo una sonrisa al pensar en la expresión que debías tener. Puede que incluso te sonrojaras, no lo sé.

-Hola- te dijo. ¡Y lo qué hubiera pagado yo por verte en aquel momento! Pero no me hacía falta, ya te he dicho que te conozco lo suficiente como para saber cómo te sentiste, qué hiciste...

Y, bueno, lo que si que recuerdo con toda claridad es nuestro regreso a casa unas horas más tarde. A pesar de todo, tu seguías empapada de nerviosismo, ambas hablábamos sin parar. Reíamos y reíamos, imaginábamos cosas, intentábamos conectar otras, sacábamos divertidas conclusiones y yo te daba ánimos una y otra vez. Sabía que la esperanza comenzaba a nacer en ti, y nunca olvidaré ese momento.

Querida amiga, querida amiga...

sábado, 15 de mayo de 2010

That's where I'm gonna wait.

Te encantaba el jardín de la abuela, siempre que ibas de visita a su casa pasabas largos ratos allí. Te tumbabas en la hierba y veías las nubes pasar, lentas, adivinando las formas que escondían; enroscabas briznas de hierba en tus manos y luego las soltabas, como solías hacer con los pequeños tirabuzones de tu pelo; cuando el Sol pegaba fuerte, siempre contabas con la sombra del castaño que había en la esquina, junto a la preciosa valla que rodeaba aquel paraíso. Te sentías completo en aquel lugar, estabas en total paz.
Un día, mientras tu madre cocinaba dentro con la abuela, tú te encontrabas en medio de una de esas largas estancias en el jardín. De pronto, te fijaste en una pequeña flor que nunca antes había atraído tu atención. No es que fuera gran cosa, desde luego, pero te acercaste a observarla más detenidamente. Tenía unos redondos pétalos, con una ligera curvatura al final, coloreados de un vivo rojo moteado con diminutas, casi imperceptibles, manchas negras. Su tallo era de un color verde oscuro, pero bastante intenso, y tenía una textura realmente suave. Era curioso que un pequeño ser vivo pudiera esconder tantas cosas.

Desde entonces, cada vez que ibas a casa de la abuela, dedicabas un rato a la flor. Era la única de esa clase que había en el jardín, y estaba sola, en medio de éste, acompañada sólo por la brisa que la sacudía. Y ahora por ti, claro.

Comenzaste a ir más frecuentemente a casa de la abuela y a demostrar todo tu cuidado a la flor. Siempre la regabas, espantabas a algún insecto que trepaba por ella, cortabas las malas hierbas que de cuando en cuando crecían a su alrededor...
La flor fue creciendo y tú con ella. Tú casi no notabas ese crecimiento, pues la veías muy a menudo, pero la abuela solía mirarla con expresión de sorpresa. -¡Vaya por Dios! Hay que ver cuánto ha crecido... quién lo iba a decir.- decía siempre.

Tu vida pasó a estar conectada con la de aquella flor. A veces te parecía totalmente irónico y te producía risa, pues era bastante extraño prestar tanta atención a un ser vivo tan insignificante para el resto del mundo.
De cualquier modo, esto te daba un poco igual. Tú le habías ayudado a crecer, a prosperar y a sobrevivir en aquel jardín. A veces incluso hablabas con ella, por supuesto, sin obtener respuesta alguna, cosa que te entristecía, pero aún así no perdías la ilusión. Ahora era tu flor, era tuya, la querías.

Durante el verano, estuviste casi dos meses en el extranjero. Lo cierto es que al principio añorabas a la flor, pero, poco a poco, con las amistades que hacías la ibas olvidando. Al final, entre unas cosas y otras, acabo por borrarse casi por completo de tu recuerdo. Casi.

Cuando regresaste a tu casa en Septiembre, fuiste a visitar a la abuela para entregarle los regalos que le habías comprado en tu viaje. ¿Recuerdas su cara de emoción al ver aquella blusa que le diste? Se la puso enseguida y pasó toda la tarde comentando con tu madre cómo le sentaba. La conversación fue haciéndose muy aburrida y monótona para ti, así que decidiste cambiar de aires. Saliste un rato al jardín pues hacía bastante tiempo que no pasabas por allí.
Al llegar de nuevo a tu paraíso particular viste que nada había cambiado. El castaño continuaba allí, tan imponente como siempre, y la hierba había crecido un poco. Te apoyaste en la valla, mirando hacia el horizonte, cuando de repente recordaste a una vieja amiga. Te giraste y dirigiste tu mirada hacia el centro del jardín, con una amplia sonrisa.
Sin embargo, no viste aquel punto rojo que siempre destacaba entre la verde hierba.
Te acercaste corriendo al lugar, desesperado y asustado, y tu flor se convirtió en una horrible visión para ti. Las diminutas manchas negras, antes casi invisibles, ahora podían verse a simple vista, habían crecido; los pétalos ya no eran redondeados, sino que tenían un contorno recortado y carcomido, y el tallo se había oscurecido aún más, llegando a ser casi negro. Tu flor ya no brillaba, estaba marchitándose. Se iba.

Todavía no has encontrado un dolor comparable al que sentiste en ese momento. Las lágrimas brotaban de tus ojos sin que pudieras controlarlas, casi intentabas emplearlas para regar la flor y hacer que se recuperara. Acariciabas el tallo, intentando revivir el tacto suave que antes había tenido éste. Pero nada ocurría, nada ocurría. Y tú te derrumbabas en la hierba, mirando suplicante a la flor, rogando porque volviera a ser la de antes.

Entonces, ibas todos los días a casa de la abuela, acabando por marcharte a vivir allí, para ver como continuaba tu amiga. Pero siempre estaba igual. La regabas, apartabas a cualquier animal que se le acercara, como habías hecho meses antes. Lejos de rodearla con una valla para potegerla, plantaste multitud de flores de la misma especie a su alrededor. Pretendías que así no tuviera sólo tu compañía, sino también la de todas sus iguales. Tu flor comenzó a mejorar, pero muy lentamente, casi no lo notabas. Muy poco, muy poco...

Todas las flores de su alrededor estaban resplandecientes, ni siquiera parecían iguales a ella. Casi tapaban a tu flor con sus grandes pétalos, pero tu siempre te encargabas de evitar ésto, para que siempre recibiera rayos de Sol.
Era realmente importante para ti, y sabías que tú lo eras también para ella, a pesar de que no fuera casi sensitiva.

La abuela estaba contenta con la tarea que habías hecho en el jardín, era más hermoso aún. Pero era ajena a la verdadera causa que te había llevado a hacerlo, y por eso no comprendía tu dolor, ni se explicaba tu empeño.

No importaba si llovía o tronaba, siempre estabas allí, cuidándola y protegiéndola. Por las noches, te marchabas a dormir muy tarde. Pasabas un largo rato con ella, en el jardín, hablándole, contándole todo lo qué te pasaba y repitiéndole una y otra vez tu deseo de que mejorara.
Cuando era ya muy tarde y el sueño empezaba a vencerte, te marchabas a tu cuarto. Pero antes de tumbarte en la cama, observabas el jardín, adivinando entre las sombras de la noche la silueta de tu amiga.

Tras el cristal de esa ventana pasó el tiempo también para ti. Cada día estabas más cansado, tu paciencia se agotaba y comenzabas a pensar que todo aquello era una causa perdida. Poco a poco tú también te marchitabas, convirtiéndote en flor.

Pero, a pesar de todo, en el fondo de ti mismo aún tenías ilusión y amor hacia ella. Tu esfuerzo no parecía dar sus frutos, salvo en contadas ocasiones en que veías que la flor experimentaba algunos pequeños cambios. Aún conservabas la esperanza de que lo lograría, y sabías con total certeza que ella podría.