Querida amiga mía, quién lo iba a decir. La memoria me traiciona, no consigo recordar si era Julio o Agosto, pero allí estábamos nosotras.
Conservo la emoción de tus ojos, tus labios temblorosos mientras hablabas. Estabas completamente indecisa, ¡no sabías siquiera qué ropa ponerte!
Te probabas pantalones, vestidos y faldas. Cuando parecía que al fin te habías decidido, cambiabas una y otra vez de camiseta.
Llegabas a ponerme un poco nerviosa, me apurabas, pensaba que luego no me daría tiempo a prepararme. Me aburría de estar esperando allí a que eligieras un nuevo conjunto, pero lo cierto es que verte así, nerviosa e inquieta, tenía su toque de gracia.
¡Por fin lo lograste! Cuando te vi salir, te confesé, sinceramente, que estabas guapísima. Te decidiste por una blusa blanca que llevabas metida por dentro de una falda azul de talle alto, con vuelo. Llevabas esas sandalias de flores que tanto te gustaban, que tenías desgastadas de tanto ponerte, porque eran los únicos zapatos abiertos con los que te sentías cómoda.
Resultaba bastante raro verte así, sin tus pantalones, tus tenis y tu sudadera habituales. Pero, eso sí, tu inseparable bolso marrón permanecía contigo, como siempre.
Abandonábamos la ciudad en coche. Mi tía y mi madre iban en los asientos delanteros, charlando, algo habitual. Tú, también como de costumbre, ibas callada a mi lado. Yo intervenía en la conversación que ellas mantenían, y tú dejabas caer de vez en cuando una pequeña frase.
En ocasiones miraba hacia ti, pero no veía tu cara. Tenías la vista dirigida a la ventanilla.
Las líneas de la carretera pasaban rápidas, y probablemente estabas intentando contarlas, como solías hacer.
Podía ver que tenías las manos sudorosas. Las retorcías y estirabas, fruto de tu nerviosismo, y luego las dejabas reposar sobre tus piernas durante un rato. Casi podía oír todas las palabras que revoloteaban por tu mente; tus pensamientos irían a tal velocidad que, con total seguridad, se estaban convirtiendo en frases sin sentido que colapsaban tu cerebro.
Por fin llegamos, nos despedimos de mamá y de la tía, y caminamos por un rato. Recuerdo que el viento levantaba un poco tu falda; soltabas millones de tacos y ambas nos reíamos. Cada vez estabas más nerviosa, lo notaba perfectamente, tu carcajada se quebraba de vez en cuando.
Compramos algunos refrescos, porque, como suele pasar en casi todo el verano aquí, nos encontrábamos en un día realmente caluroso. Estabas alarmada por si empezabas a sudar y eso afectaba a tu pelo o al maquillaje, realmente alarmada.
Un rato después, finalmente, tuve que dejarte sola. Quedamos para vernos más tarde y me despedí de ti, deseándote, silenciosamente, toda la suerte del mundo.
Ahora puedo imaginarte allí sentada, en una espera de escasos minutos que, sin embargo, debieron ser interminables para ti. Te conozco tan bien que automáticamente esbozo una sonrisa al pensar en la expresión que debías tener. Puede que incluso te sonrojaras, no lo sé.
-Hola- te dijo. ¡Y lo qué hubiera pagado yo por verte en aquel momento! Pero no me hacía falta, ya te he dicho que te conozco lo suficiente como para saber cómo te sentiste, qué hiciste...
Y, bueno, lo que si que recuerdo con toda claridad es nuestro regreso a casa unas horas más tarde. A pesar de todo, tu seguías empapada de nerviosismo, ambas hablábamos sin parar. Reíamos y reíamos, imaginábamos cosas, intentábamos conectar otras, sacábamos divertidas conclusiones y yo te daba ánimos una y otra vez. Sabía que la esperanza comenzaba a nacer en ti, y nunca olvidaré ese momento.
Querida amiga, querida amiga...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario