domingo, 25 de abril de 2010

Fruere hora.

¿Qué pasará? Era una pregunta que me hacía muy frecuentemente, y para la que nunca obtenía una respuesta clara. El futuro era uno de mis mayores miedos y muchas veces me ahogaba en todo aquello que me quedaba por vivir y que aún era totalmente desconocido.
Ciertamente temía a la muerte, en todas sus formas. Temía la manera en que iba a irme de este mundo, lo que vendría por delante y la huella que dejaría a mi paso. Pero no todo giraba en torno a la muerte, el miedo era al futuro en general. Los estudios, el trabajo, la familia, los amigos... ¿Permanecerían o se marcharían en el día de mañana?
Por supuesto, no se puede vivir así, es completamente insano. No podemos dejar de lado la vida que tenemos por delante, claro que no, pero tampoco podemos vivir en función a las consecuencias que nuestras acciones tendrán más adelante. Hay que vivir hoy, deshaciéndonos un poco de ese miedo que nos rodea. Ser felices, aprovechar el momento, nada más que eso.

Lo cierto es que solía llorar mucho. No es que fuera una persona triste, al contrario, solía ser bastante feliz. Como cualquier persona tenía mis más y mis menos, pero no llevaba una mala vida.
En mi opinión, era un tanto hipersensible, tanto para los aspectos positivos como para los negativos.
Lloraba casi diariamente. A veces, déjame que te confiese mi secreto, lo hacía incluso inconscientemente. Pero no es que llorara sin motivo alguno, simplemente de mis ojos brotaban lágrimas automáticas, que, posteriormente, se alimentaban de pensamientos que rondaban mi cabeza.
Otras veces, por supuesto, siempre había un detonante que me llevaba a llorar. En algunos casos era algo insignificante, algo sin sentido alguno, mientras que en otros... bueno, en otros ya eran palabras mayores.
Recuerdo que una vez mi madre estaba enferma y tuve que curarle una herida. La venda temblaba en mis manos, y a pesar de que la tarea que tenía que llevar a cabo no presentaba dificultad alguna, a mí se me venía el mundo encima. En cuanto pegué el último pedacito de esparadrapo, me retiré a mi habitación y empecé a llorar. Todo fue porque veía a mi madre muy vulnerable, y eso me asustaba bastante.
Otra vez derramé un par de lágrimas cuando leí un viejo diario. Maldita nostalgia.
En otra ocasión, mi hermana quería regalarme algo suyo, no recuerdo qué; sólo sé que fue un gesto tan humilde que bastó para robarme algunas otras lágrimas.

Pero, como he dicho antes, no siempre era la tristeza el ingrediente secreto que me hacía llorar.
Una vez recibí un mensaje en el móvil. Eran apenas dos líneas, pero fui tan feliz que estuve un rato llorando a la vez que esbozaba una sonrisa. Esa sensación, sentir que se acuerdan de ti. ¿A quién no le gusta que le digan algo bonito?
Lo mismo pasó cuando mi padre me envió una foto de mi hermana. Tenía unas sondas dentro de la nariz, porque la habían operado hacían sólo unas horas. Cuando la vi no hacía más que pensar “mi niña, mi niña...” Qué satisfactorio saber que estaba bien.
Lo dicho, que lloro como una magdalena.

Otra cosa que me solía pasar era que se me perdía la mirada. Me quedaba mirando a un punto fijo, sin querer. Podía pasar así un buen rato. A veces estaba hablando con alguien, o bien me estaban contando algo, y yo no les miraba, sino que mi vista se clavaba más lejos de donde ellos estaban. Incluso a veces las personas se giraban hacia atrás pensando que estaba mirando algo, centrando mi atención en otra cosa.
Aunque muchas otras veces no les miraba porque me asustaba el contacto visual. Me daba mucha vergüenza mirar a la gente directamente a los ojos. Pero bueno.

También daba muchas vueltas a las cosas. Es bueno pensar, desde luego que sí, pero no quizá de la manera en que yo lo hacía. Reflexionaba sobre algo una y otra vez y luego sacaba conclusiones descabelladas. Muchas veces la gente se sorprendía de que se me hubiera podido ocurrir algo así, que para ellos, era un hecho completamente imposible.

Y bueno, luego ya están las demás cosas de la vida. Si oigo un ruido por la noche, me quedo sin respirar un rato, esperando a ver si vuelvo a escucharlo. Del mismo modo, intento acompasar mi respiración con la de mis hermanas, que duermen en la habitación contigua, para ver si noto alguna anomalía.
Siempre antes de dormir calculo las horas de sueño que tendré. Bebo el zumo a pequeños tragos, muy pequeños, es difícil verme bebiéndolo deprisa. Tengo un problema con las cosas sólidas dentro de un líquido, véase los grumos de cacao en la leche o la pulpa de la fruta en los zumos. Tampoco soporto los trocitos en el yogur.
Siempre ando tocándome el fleco, es una obsesión. Tiene que estar en su sitio. Sin abrirse por ningún lado.
Me fijo mucho en la expresión de la gente, e intento descifrar lo que quieren decir.
Siempre estoy haciendo juegos de palabras mentalmente. Da igual que esté hablando de Isabel la Católica, de los hábitos alimenticios de los americanos o de lo que ha dicho el hombre del tiempo en el telediario. Siempre tengo la mente ocupada con juegos de palabras.
Por otra parte, me producen bastante asco las orejas, aunque lo estoy superando.
¡Ah! Casi se me olvidaba. Me encanta escribir, crear sensaciones, emociones, lo que sea, a partir de palabras. Y bueno, quizá no consiga transmitir, pero eso no acaba con mi ilusión de enseñarle al mundo una parte de mí mediante la escritura.

Así soy yo. Muy superficialmente, claro.

jueves, 15 de abril de 2010

Afrique Bergeron, encantada.
Esas fueron las palabras exactas que pronuncié en mi última entrevista de trabajo.
Tras numerosos intentos fallidos por conseguir un empleo, por fin parecía que
había encontrado algo corriente. Había solicitado un puesto en la pescadería de
la Rue Valme, y parecía ideal, hasta que descubrí que el olor a pescado no
provenía de los productos, sino de madame Ladoucette, la dueña; también probé
suerte en la tienda de mascotas "Mon petit chien", sí, esa que está cerca del
puente, a mano izquierda. En cuanto entré por la puerta comencé a estornudar
como si fuera víctima de un horrible catarro, y un momento después descubrí que
era alérgica a los perros.
Esta vez intentaría conseguir algo como esteticista, en un salón de belleza. La verdad es que no tenía
ni la más remota idea de como trabajar allí y no era un trabajo que me interesara.
Para ser totalmente sincera, odiaba tener que hacerle la manicura a las refinadas
señoritas incapaces de comprar un esmalte de uñas en los Almacenes Leveque.
¡Qué no costaba un ojo de la cara, por el amor de Dios!
Pero, me gustara o no, de alguna manera tenía que ganarme el pan de cada día.
Así que llegué al establecimiento y me senté en una de las butacas mientras es_
peraba la entrevista.
Estaba absorta observando el terciopelo rojo del asiento, descolorido por los años,
cuando escuché una conversación que atrajo mi atención y me llevó a dar
un giro de ciento ochenta grados.

-Ajá, sí... aaaaahh... Por supuesto, soy esteticista aaahh.. desde, veamos... aaah
unos dos años y... ¡Laurence! Tráeme esos jodidos rulos ¿quieres? Bueno sí, aaaahh,
¿por dónde iba? Ah sí, esteticista sí y, aaahh, ¿de qué tamaño quería los rulos?

La voz provenía de una chica joven, de unos veinte años, que estaba atendiendo
a una clienta. Realmente era muy guapa y llamaba la atención. Tenía unas tetas
del diámetro de una pelota de baloncesto y sobre ellas caía su melena de color
rubio platino. Además sus ojos eran verdaderamente enormes, y estaban comple_
tamente bordeados de maquillaje, lo que los hacía parecer aún mayores.
Pero yo no podía apartar la vista de su boca. Mientras hablaba masticaba un
chicle, ¡y vaya jaleo que se traía con el chicle! Lo movía hacia la derecha y luego
hacia la izquierda. Y venga el chicle hacia arriba, venga el chicle hacia abajo.
Parecía que tenía vida propia y que bailaba un vals dentro de la boca de la chica.
Pero lo peor no era el chicle, sino más bien ese sonido que emitía una y otra vez
cuando hablaba. Era una mezcla entre un gemido y un suspiro. Me recordaba
a esas noches en las que los tabiques de mi edificio temblaban, porque el tabernero
venía a visitar a la vecina del cuarto.
Y si había algo aún peor que ese sonido, era lo que la joven tenía entre las manos.
Pelo. Pelo y más pelo. Enrollaba el cabello de la clienta en el cepillo y lo estiraba.
Antes de continuar, tengo que decir que odio el pelo, porque una vez en...

-¡Afrique Bergeron! ¿Afrique? ¿Cómo carajo se pronuncia ésto? ¡Af...!
-Sí, soy yo. Afrique Bergeron, encantada.-
-Lo mismo digo, cielo, soy Laurence. Pasa por aquí pero, oye, espera, que tengo
que... ¡Marie, toma los puñeteros rulos! Mira que estás pesadita. Sí, bueno, Afrique,
¿cierto? Pasa, sí.

Entré con Laurence a una pequeña y anticuada habitación en la que sólo había
un destartalado escritorio, un par de millones de utensilios de peluquería, y a la que el
papel levantado de las paredes daba un aspecto aún más desolador.

-Bueno, Afrique, empecemos. Pero antes, déjame mirar... tiene que estar...

Laurence rebuscaba en los cajones del escritorio mientras yo la observaba
cuidadosamente. Era, desdeluego, una mujer de avanzada edad. Sin embargo,
como buena anfitriona de un salón de belleza, ocultaba las arrugas con toneladas
y toneladas de maquillaje. Además, llevaba los labios hasta los topes de carmín,
pero aún así se podía ver que estaban secos. Cada vez que cerraba los
párpados, podía, si me esforzaba mucho, escuchar el sonido de sus larguísimas
pestañas rozándose. ¡Parecía que iban a provocar un vendaval!

-Ajá aquí está- Laurence interrumpió mis pensamientos- Tu currículum. Veamos...
Afrique, 23 años y, ummm, por lo que veo no tienes mucha experiencia en
negocios de este tipo, ¿eh?
-Bueno verá, madame Laurence. Ciertamente nunca he trabajado en un salón
de belleza, pero créame que puedo ser muy eficiente y...
-¿Puedo preguntar entonces por qué muestras tanto interés en conseguir el
trabajo?-preguntó Laurence- En tu currículum dice que es uno de tus mayores
deseos.
-La verdad es que necesito el dinero.

El nerviosismo que sentía en aquel momento me hacía dirigir mi mirada a todos
los rincones de la habitación. En realidad, Laurence no imponía nada de respeto, y de hecho
me dedicaba una sonrisa muy afectuosa. Sin embargo, siempre me ocurría igual,
no podía mirar a la gente directamente a los ojos cuando hablaba.
De pronto, en medio de mi desenfrenado paseo visual, vi uno de esos grandes
secadores profesionales en una esquina de la habitación. Automáticamente
vino a mi mente la imagen de la clienta que había visto sufriendo la tortura de las
manos de la tal Marie.

-¿Afrique?
-Sí, eh... sí, disculpe Laurence.-

Me paré a mirar un poco más detenidamente a la mujer, y me fijé en su pelo. Oh, no.

-Continúa, querida- me animó Laurence con melodiosa voz.
-Sí, verás... el trabajo, ¿no? Bueno- No podía apartar la vista de su pelo- Laurence,
Laurence. El trabajo, yo, esteticista y... Laurence. Por favor, ¿te puedo tutear? Bueno,
Laurence, le tengo pánico al pelo, no lo puedo evitar. Es algo tan absurdo como
ilógico, pero es la realidad. Creo que todo empezó en el verano de hace unos... 15
ó 17 años. Toda mi familia iba a casa del tío Pascal, porque verás, mi tío Pascal tiene
una enorme piscina. Además, vive en Marseille, cerca de la playa. Y, claro, vino
mi primo Paul, que en aquel entonces llevaba una enorme melena. De veras,
era digno de ver. Parecía una estrella de rock. Mi madre y la madre de Paul siempre
comentaban que planeaban raparle cuando estuviera durmiendo. La cosa
es que una tarde se duchó, y dejó la bañera llena de pelo. Sí, como lo oyes, Laurence.
Desde entonces no lo tolero. Y ahora mismo, estoy aquí, hablando contigo y
me he acordado de esa chica de los jodidos rulos.. ¿Marie? Sí, creo que sí, esa que
parecía una Barbie. Y pensé en su clienta, y ahora no puedo hacer más que mirarte
el pelo a ti. Y ciertamente ese recogido no te favorece, Laurence.
Creo que llevas un millón de laca, de veras, no sé como no te pesa; no deberías
cocinar en esas condiciones, tu cabello tiene que ser inflamable ahora mismo.
Laurence, me recuerdas a una de esas señoritas del Barrio Rojo de Holanda, y no
quiero desprestigiarlas. Pasé por allí hace un par de años cuando... bueno, da igual.
Eres muy amable, Laurence. Acabo de conocerte pero debes de ser una bellísima
persona. Disculpa mi crueldad maquillada de franqueza.

Apenas 15 minutos después ya había salido del establecimiento. Me giré una
última vez y leí el rótulo que anunciaba "Laurence Beauté". Recordé que la vez
anterior que había observado el cartel, también llevaba mi currículum en la mano,
justo como en ese momento.
Sólo que en aquella ocasión venía con la ilusión de entregarlo, y ahora me lo llevaba
adornado con una palabra en mayúsculas: DENEGADO.

martes, 13 de abril de 2010

Midnight

La noche es clara, me decía, pero no me lo decía. Lo veía, la noche era clara, estaba clara.
La caricia de la hierba en la mejilla, mano áspera pero delicada, recuerdo de tu piel sobre mi piel. Tacto maravilloso a la par que extraño; tacto tan dulce como doloroso.
Piernas, pecho, abdomen. Húmedos, húmedos todos ellos , bañados en las gotas del rocío. El amargo abrazo de la tierra, revuelta. Cuerpo entero aferrado por el suelo.
Rabia, impotencia y melancolía maquillados por un falso bienestar. La pena deleita con su melodía. Notas que bailan entre los helechos, sacudiendo. Dulce sintonía malévola que hasta las copas de los almendros asciende, adentrándose resbaladiza en su plegado tronco. Asaltando robustos recovecos desciende hasta las raíces, llegando a la hierba, llegando a mí.
Mejilla, piernas, pecho, abdomen. Todo. Tocada por la pena. Como lágrimas desatándose de los párpados libera el árbol a sus hojas.

La noche es clara. La noche es clara, porque ya no es noche. La fina línea del horizonte, el cielo rompiéndose en miles de destellos.
Ya no es noche. El tiempo y el oscuro azabache se habían marchado revoloteando y los centelleantes ojos de Helios me observaban.

domingo, 11 de abril de 2010

eyes

No lo quieres ver, pero está ahí. Aunque te niegues a mirar, o mejor dicho, a aceptar lo que ves, sabes que está ahí. Es como cuando haces algo y luego te arrepientes. Puedes odiar mucho, muchísimo eso que has hecho, pero ni tu odio ni tu dolor van a hacer que desaparezca.
Pues lo mismo pasa con ésto. Puedes ignorarlo o dejarlo pasar, pero va a seguir ahí.
Claro, que tú en realidad sabes que no es nada, o por lo menos eso quieres saber. ¿Es algo? Respóndete. Sabes que no. ¿O sí? Una maraña de ideas revoloteando por tu cabeza que te van retorciendo poco a poco. Y, lentamente, la incertidumbre te reconcome.

viernes, 2 de abril de 2010

making my way


Ser capaces de leer la mente de otras personas sería, sin ningún lugar a dudas, un maravilloso don. Podríamos averiguar infinidad de cosas, y la vida sería más sencilla gracias al conocimiento de éstas, o quizá más complicada.
Sin embargo, creo que sería una habilidad que al final no resultaría demasiado útil. Es cierto que sería maravilloso, pero, realmente, no pasan muchas cosas por las mentes de la gente.
No quiero decir que tengamos la cabeza hueca ni mucho menos, pero es la verdad. La gente en realidad, creo, ya que no poseo dicho don, que pasa la mayor parte del tiempo pensando en canciones o en situaciones ilógicas. Incluso hay veces en las que ni siquiera pensamos las cosas, sino que sin pensarlo, valga la redundancia, las hacemos o decimos. Sin más.

Creo que sería más útil poder observar a una persona a lo largo de toda su vida para averiguar cosas sobre él o ella. Analizar como se mueve, como habla, como come o como se viste. Si pudiéramos ver a esa persona en todas esas situaciones, probablemente no nos preocuparíamos en tratar de adivinar qué piensa.

O sí.