jueves, 15 de abril de 2010

Afrique Bergeron, encantada.
Esas fueron las palabras exactas que pronuncié en mi última entrevista de trabajo.
Tras numerosos intentos fallidos por conseguir un empleo, por fin parecía que
había encontrado algo corriente. Había solicitado un puesto en la pescadería de
la Rue Valme, y parecía ideal, hasta que descubrí que el olor a pescado no
provenía de los productos, sino de madame Ladoucette, la dueña; también probé
suerte en la tienda de mascotas "Mon petit chien", sí, esa que está cerca del
puente, a mano izquierda. En cuanto entré por la puerta comencé a estornudar
como si fuera víctima de un horrible catarro, y un momento después descubrí que
era alérgica a los perros.
Esta vez intentaría conseguir algo como esteticista, en un salón de belleza. La verdad es que no tenía
ni la más remota idea de como trabajar allí y no era un trabajo que me interesara.
Para ser totalmente sincera, odiaba tener que hacerle la manicura a las refinadas
señoritas incapaces de comprar un esmalte de uñas en los Almacenes Leveque.
¡Qué no costaba un ojo de la cara, por el amor de Dios!
Pero, me gustara o no, de alguna manera tenía que ganarme el pan de cada día.
Así que llegué al establecimiento y me senté en una de las butacas mientras es_
peraba la entrevista.
Estaba absorta observando el terciopelo rojo del asiento, descolorido por los años,
cuando escuché una conversación que atrajo mi atención y me llevó a dar
un giro de ciento ochenta grados.

-Ajá, sí... aaaaahh... Por supuesto, soy esteticista aaahh.. desde, veamos... aaah
unos dos años y... ¡Laurence! Tráeme esos jodidos rulos ¿quieres? Bueno sí, aaaahh,
¿por dónde iba? Ah sí, esteticista sí y, aaahh, ¿de qué tamaño quería los rulos?

La voz provenía de una chica joven, de unos veinte años, que estaba atendiendo
a una clienta. Realmente era muy guapa y llamaba la atención. Tenía unas tetas
del diámetro de una pelota de baloncesto y sobre ellas caía su melena de color
rubio platino. Además sus ojos eran verdaderamente enormes, y estaban comple_
tamente bordeados de maquillaje, lo que los hacía parecer aún mayores.
Pero yo no podía apartar la vista de su boca. Mientras hablaba masticaba un
chicle, ¡y vaya jaleo que se traía con el chicle! Lo movía hacia la derecha y luego
hacia la izquierda. Y venga el chicle hacia arriba, venga el chicle hacia abajo.
Parecía que tenía vida propia y que bailaba un vals dentro de la boca de la chica.
Pero lo peor no era el chicle, sino más bien ese sonido que emitía una y otra vez
cuando hablaba. Era una mezcla entre un gemido y un suspiro. Me recordaba
a esas noches en las que los tabiques de mi edificio temblaban, porque el tabernero
venía a visitar a la vecina del cuarto.
Y si había algo aún peor que ese sonido, era lo que la joven tenía entre las manos.
Pelo. Pelo y más pelo. Enrollaba el cabello de la clienta en el cepillo y lo estiraba.
Antes de continuar, tengo que decir que odio el pelo, porque una vez en...

-¡Afrique Bergeron! ¿Afrique? ¿Cómo carajo se pronuncia ésto? ¡Af...!
-Sí, soy yo. Afrique Bergeron, encantada.-
-Lo mismo digo, cielo, soy Laurence. Pasa por aquí pero, oye, espera, que tengo
que... ¡Marie, toma los puñeteros rulos! Mira que estás pesadita. Sí, bueno, Afrique,
¿cierto? Pasa, sí.

Entré con Laurence a una pequeña y anticuada habitación en la que sólo había
un destartalado escritorio, un par de millones de utensilios de peluquería, y a la que el
papel levantado de las paredes daba un aspecto aún más desolador.

-Bueno, Afrique, empecemos. Pero antes, déjame mirar... tiene que estar...

Laurence rebuscaba en los cajones del escritorio mientras yo la observaba
cuidadosamente. Era, desdeluego, una mujer de avanzada edad. Sin embargo,
como buena anfitriona de un salón de belleza, ocultaba las arrugas con toneladas
y toneladas de maquillaje. Además, llevaba los labios hasta los topes de carmín,
pero aún así se podía ver que estaban secos. Cada vez que cerraba los
párpados, podía, si me esforzaba mucho, escuchar el sonido de sus larguísimas
pestañas rozándose. ¡Parecía que iban a provocar un vendaval!

-Ajá aquí está- Laurence interrumpió mis pensamientos- Tu currículum. Veamos...
Afrique, 23 años y, ummm, por lo que veo no tienes mucha experiencia en
negocios de este tipo, ¿eh?
-Bueno verá, madame Laurence. Ciertamente nunca he trabajado en un salón
de belleza, pero créame que puedo ser muy eficiente y...
-¿Puedo preguntar entonces por qué muestras tanto interés en conseguir el
trabajo?-preguntó Laurence- En tu currículum dice que es uno de tus mayores
deseos.
-La verdad es que necesito el dinero.

El nerviosismo que sentía en aquel momento me hacía dirigir mi mirada a todos
los rincones de la habitación. En realidad, Laurence no imponía nada de respeto, y de hecho
me dedicaba una sonrisa muy afectuosa. Sin embargo, siempre me ocurría igual,
no podía mirar a la gente directamente a los ojos cuando hablaba.
De pronto, en medio de mi desenfrenado paseo visual, vi uno de esos grandes
secadores profesionales en una esquina de la habitación. Automáticamente
vino a mi mente la imagen de la clienta que había visto sufriendo la tortura de las
manos de la tal Marie.

-¿Afrique?
-Sí, eh... sí, disculpe Laurence.-

Me paré a mirar un poco más detenidamente a la mujer, y me fijé en su pelo. Oh, no.

-Continúa, querida- me animó Laurence con melodiosa voz.
-Sí, verás... el trabajo, ¿no? Bueno- No podía apartar la vista de su pelo- Laurence,
Laurence. El trabajo, yo, esteticista y... Laurence. Por favor, ¿te puedo tutear? Bueno,
Laurence, le tengo pánico al pelo, no lo puedo evitar. Es algo tan absurdo como
ilógico, pero es la realidad. Creo que todo empezó en el verano de hace unos... 15
ó 17 años. Toda mi familia iba a casa del tío Pascal, porque verás, mi tío Pascal tiene
una enorme piscina. Además, vive en Marseille, cerca de la playa. Y, claro, vino
mi primo Paul, que en aquel entonces llevaba una enorme melena. De veras,
era digno de ver. Parecía una estrella de rock. Mi madre y la madre de Paul siempre
comentaban que planeaban raparle cuando estuviera durmiendo. La cosa
es que una tarde se duchó, y dejó la bañera llena de pelo. Sí, como lo oyes, Laurence.
Desde entonces no lo tolero. Y ahora mismo, estoy aquí, hablando contigo y
me he acordado de esa chica de los jodidos rulos.. ¿Marie? Sí, creo que sí, esa que
parecía una Barbie. Y pensé en su clienta, y ahora no puedo hacer más que mirarte
el pelo a ti. Y ciertamente ese recogido no te favorece, Laurence.
Creo que llevas un millón de laca, de veras, no sé como no te pesa; no deberías
cocinar en esas condiciones, tu cabello tiene que ser inflamable ahora mismo.
Laurence, me recuerdas a una de esas señoritas del Barrio Rojo de Holanda, y no
quiero desprestigiarlas. Pasé por allí hace un par de años cuando... bueno, da igual.
Eres muy amable, Laurence. Acabo de conocerte pero debes de ser una bellísima
persona. Disculpa mi crueldad maquillada de franqueza.

Apenas 15 minutos después ya había salido del establecimiento. Me giré una
última vez y leí el rótulo que anunciaba "Laurence Beauté". Recordé que la vez
anterior que había observado el cartel, también llevaba mi currículum en la mano,
justo como en ese momento.
Sólo que en aquella ocasión venía con la ilusión de entregarlo, y ahora me lo llevaba
adornado con una palabra en mayúsculas: DENEGADO.

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