martes, 13 de abril de 2010

Midnight

La noche es clara, me decía, pero no me lo decía. Lo veía, la noche era clara, estaba clara.
La caricia de la hierba en la mejilla, mano áspera pero delicada, recuerdo de tu piel sobre mi piel. Tacto maravilloso a la par que extraño; tacto tan dulce como doloroso.
Piernas, pecho, abdomen. Húmedos, húmedos todos ellos , bañados en las gotas del rocío. El amargo abrazo de la tierra, revuelta. Cuerpo entero aferrado por el suelo.
Rabia, impotencia y melancolía maquillados por un falso bienestar. La pena deleita con su melodía. Notas que bailan entre los helechos, sacudiendo. Dulce sintonía malévola que hasta las copas de los almendros asciende, adentrándose resbaladiza en su plegado tronco. Asaltando robustos recovecos desciende hasta las raíces, llegando a la hierba, llegando a mí.
Mejilla, piernas, pecho, abdomen. Todo. Tocada por la pena. Como lágrimas desatándose de los párpados libera el árbol a sus hojas.

La noche es clara. La noche es clara, porque ya no es noche. La fina línea del horizonte, el cielo rompiéndose en miles de destellos.
Ya no es noche. El tiempo y el oscuro azabache se habían marchado revoloteando y los centelleantes ojos de Helios me observaban.

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